La otra realidad: reflexión tras la vuelta del viaje a Uganda

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Esta entrada de blog es la más sencilla que he escrito. No pienso medir o buscar las palabras más adecuadas. Voy a dejar fluir mis pensamientos y recuerdos, como los grandes del cine que ruedan a toma única. Dejar que sea mi corazón el que hable. Asimismo, mostrar el gran cabreo que traigo conmigo de mi último viaje de cooperación en Uganda.

Escribo recién llegado de Uganda, el distrito de Sembaule en el poblado de Katwe, a fecha de 6 de noviembre. He sentido oportuno dejar por escrito mis impresiones y sentimientos aún frescos. Pese al jetlag acumulado, quiero contaros la otra realidad de Uganda. Una realidad muy distinta a la nuestra, que no conocemos o no queremos conocer.

Una crítica a la par del sistema en el que vivimos. Pero no podemos hacernos los ingenuos. Nos gusta, y no queremos saber nada de lo que pasa miles de kilómetros al sur de nuestras casas, de nuestra vida ególatra. Una gran distancia que nos separa de la otra realidad.

Hoy, nada más acabar de cenar dos pinchos de tortilla de patata, mi plato favorito, un trozo de lomo y unos anacardos, empiezo a dejar atrás las repetitivas comidas de Uganda. Una dieta basada, principalmente, en arroz blanco cocido, matoke -una masa de plátano- y patata dulce cocida como plato principal. Todo aderezado por unas alubias pintas cocidas y, en los casos más afortunados, un trozo de cabra, pescado o vaca vieja guisada.

Y qué ganas tenía de llegar para poder comer mi tortilla tras estos diez días allí abajo. Qué rídiculo, puenso ahora que aún mis sentimientos están a flor de piel.

Cuando vemos vídeos, imágenes o leemos acerca de lo que pasa en África, no somos realmente conscientes de la suerte que tenemos. Simplemente empleamos expresiones comunes como no sabemos lo afortunados que somos para que nosotros podamos vivir así, otros tienen que vivir de la otra manera. Otras más hipócritas como el primer mundo es culpable de que otros vivan mal. O los gobiernos de occidente tendrían que hacer algo para que la situación mejorase. Mientras otras personas, miles de niños no tienen futuro.

Nos esforzamos en conseguir y comprar lo último, estudiar y trabajar para progresar en la vida o dar una oportunidad y un futuro a nuestros hijos. Pero señores y señoras, ahí abajo, en lo que nos hemos acostumbrado a llamar tercer mundo desde nuestra desfachatez y privilegios, no tienen futuro. En esa otra realidad de Uganda lo único que importa es vivir, o mejor dicho, sobrevivir.

otra realidad Uganda

Ya son varias veces las que he ido a diferentes países del maravilloso continente africano como voluntario. Y una y otra vez, descubro que cada día soy más hipócrita, más afortunado y también, perdonadme la expresión, más estúpido por no revelarme ante esta realidad.

Revelarme para poder mejorar la otra realidad, oculta a nuestros ojos. La cual, por suerte divina o simplemente azar, es desconocida para nosotros. Con esta crítica al mundo occidental en el que vivimos y que, en menos de unas horas por displicencia mía, desidia o simplemente por gusto, habré dejado contaminarme de nuevo, se apagará todo resquicio de rebeldía, lucha y enfado. No me imagino lo que tiene que ser vivir sin esperanza, sin sueños y sin futuro. ¿Se lo imaginan para sus hijos?

Debemos hacer algo, no sé el qué, pero no veo una solución a este problema. Prometo que, con lo poco que puedo hacer como un simple dentista, lo seguiré haciendo. Seguiré visitando estos países para arreglar las bocas que pueda. Me llena y me satisface. Y aunque sea por unos días, puedo ser partícipe de esa otra realidad de Uganda, que también es nuestra realidad.

Con estas palabras cierro mi reflexión tras mi experiencia en Uganda. Un país del que solo puedo tener palabras de agradecimiento. El cansancio tras un largo viaje de vuelta me domina. El sueño se apodera de mí y soy consciente de que, lamentablemente, en poco tiempo todo volverá a ser como era antes de ir a África. Y me volveré a dejar llevar por esta, nuestra realidad.